¡Hoy no me lo permito!

29 Aug

2019

¡Hoy no me lo permito!

Al comienzo de mi proceso de integración en Europa en 1992, topé suelo en lo que a soledad se refiere. Estudiaba media semana en la universidad y el resto trabajaba en mis pasantías pedagógicas. A pesar de pasar el día rodeada de gente, no conseguía acercarme a alguien de manera que se pueda hacer planes para salir al cine, un café o a dar una vuelta. La soledad me carcomía el alma y me ponía muy triste. En Ecuador yo era “amiguerísima”, como decía mi tía abuela. En Francia, conseguir amigos me estaba resultando tan difícil como pescar en aguas turbias. Intenté en varias ocasiones conversar con otros estudiantes o con alguien de mi trabajo, pero aparte de obtener cortas respuestas, no conseguía esa magia que se necesita para que alguien me invite o acepte pasar el tiempo conmigo. ¿Qué diablos me estaba pasando? ¿Ir a tomar un café sola? ¿Hacer un pequeño paseo sola? ¡Jamás! En 1991 no existía todavía Starbucks donde ahora muchos jóvenes enfrentan su soledad detrás de sus computadoras.

Un viernes, harta de estar íngrima y guiada por mi desesperación, decidí “mandarme al pan”, o “mandarme a pastar chivos”, como decimos en Ecuador cuando mandamos a alguien a la mierda. ¡Despabílate, cambia esa cara y no te hagas la víctima! ¿Quieres amigos? ¡Ve y búscalos, pero ponte pilas que HOY es ésa tu prioridad! Como una adolescente resentida pero dispuesta al cambio, abrí mi pequeño closet, saqué el único jeans que tenía, lo combiné con unas botas negras de cuero compradas en Cotacahi, Ecuador, una camiseta blanca y un grueso saco otavaleño de lana. Alboroté mi cabello con los todavía modernos mechones de los años 80, me pinté los labios de rosado fuerte y me chanté dos grandes aretes. Salí a la calle con el brío que tienen las personas irresistibles. Estaba saboreando mi victoria, porque sabía que todo aquel que no me quiera como amiga, se lo perdería de por vida.

En coaching llamamos a este proceder: re-programarse. Estos micro-pasos y mi cambio de actitud dieron resultados inmediatos. Mis compañeras, quienes por lo general estaban rodeadas de amigos, se acercaron a hablar conmigo y a invitarme a comer con ellas. Más tarde no faltó el cafecito con más estudiantes y a la final del día hasta conocí al amor de mi vida, Thomas, el que ahora es mi esposo. Desde ese día me fue ya muy claro que nosotros somos los únicos responsables de cómo reaccionar ante las vicisitudes que la vida nos trae. Nosotros tenemos el poder de cambiar y la maravillosa posibilidad de reprogramarnos. Así, topar suelo, puede convertirse en una oportunidad. ?¿Cómo comenzar una re-programación? Un buen primer paso es inspirarse. Mi libro “Hasta que el paladar se acostumbre” puede ayudarte. No te lo pierdas.

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