Los doctores y la sopa de pollo

19 Apr

2018

Los doctores y la sopa de pollo

Sin duda, uno de los mejores amigos de una familia sudamericana es el doctor. Aquel personaje que se preocupa en contestar el teléfono a cualquier hora del día para ayudar a la tía o a la abuela en sus dolencias, o a la madre desesperada por los lloriqueos de su hijo.
En mi infancia y en mi adolescencia, el doctor estaba siempre cuando se lo necesitaba. ¿Dolor de muelas, de cabeza, de garganta, de oídos? No importaba, él siempre tenía una solución y el medicamento adecuado. Su receta médica no solo que curaba malestares, sino que apaciguaba la preocupación familiar; por esta razón, muchos lo adoptaban, llamándolo “mi doctor”.
A pesar de que me esfuerzo para llegar a tener la misma confianza con los doctores que me atienden en Suiza, se me hace difícil el establecer un trato informal y distendido con ellos. Aquí soy tan solo una paciente más, que debe escoger bien cuando lo necesita, para evitar molestarlo por pequeñeces que podrían solucionarse en la droguería de la esquina.
Hace dos semanas tuve la mala suerte de caer en cama con una fiebre muy alta; el termómetro señalaba aproximadamente cuarenta grados. Temblando y transpirando, organicé quien cuidara de mis tres hijos, pues mi marido estaba de viaje, y me dirigí al consultorio del doctor que nos atiende a mi esposo y a mí. Una ocupada señorita me contestó apuradamente el saludo, advirtiéndome que no tenía cita y que sería imposible ser atendida por la mañana. Con una fiebre tan alta, no estaba en la mejor de mis condiciones para discutir, así que lo único que pude hacer fue arrimarme a la pared y esperar que alguien se apiadara de mi estado. Al fin, la señorita se dio cuenta de la gravedad del asunto y fue a llamar a doctor que vino después de unos minutos.
Después de hacerme las preguntas del caso, me hicieron los análisis necesarios para ver si había infección. A las tres de la tarde del mismo día, me encontraba sola, nuevamente en mi cama, rodeada de una botella de agua, antibióticos y algunas revistas.
El inconformismo y la soledad me hicieron recordar la última vez que estuve tan débil. Fue hace dos años, en Ecuador, debido a mi último embarazo y a la cantidad de veces que tuve que vomitar. Allí también me encontraba tendida en la cama como un gusano herido. Estaba en la casa de mis padres, bajo sus atenciones y el cuidado de mi ginecóloga. Cada mañana venía alguna tía o sobrina a visitarme, a mi alrededor había una jarra de jugo fresco de naranja, otra jarra llena de té, tenía un plato con medicamentos ordenados, otro con frutas y estaba siempre abastecida de un plato lleno de una magnífica sopa de pollo, hecha por mi tía abuela.
Volviendo a la fiebre de hace algunas semanas. El problema era que no cedía y la gente comenzó a preocuparse. Esa misma mañana, mi marido tomó el primer avión que lo retornaría a Suiza para ayudarme y ocuparse de mí, de la casa y de los niños. Cocinó, arregló, dio de comer a los niños y los mandó a la escuela, preparó pan, limpió la cocina y me trajo las últimas revistas de moda y economía.
–¿Qué más necesitas? –me preguntó preocupado.
–Por favor, dame una sopa de pollo –le contesté con voz temblorosa.
–¿Sopa de pollo? ¿Y eso cómo se hace?
Mis ganas de comerla eran tan grandes, que lo único que se me ocurrió en aquel momento de debilidad fue decirle que ponga un pollo en agua con una zanahoria, una cebolla y un cubo de sopa de pollo. Como mi fuerza desaparecía con cada palabra, evité explicarle lo del refrito, la alverjita, el apio, el perejil… pues así no la hubiera comido nunca.
Cuarenta y cinco minutos después, el olor de pollo cocinándose me transportó a los momentos de cálida sensación de estar en casa con mis padres y mis hermanas. El cantar de mi marido me trajo a la realidad. Él subía feliz las gradas y hacía alarde de llevar consigo la mágica y exquisita sopa que curaría todos mis males.
Y así fue, no solamente que me curó de la infección, si no también me hizo sentir el calor de mi nuevo hogar, a pesar de que la cebolla y la zanahoria no estaban picadas.

Comments

2 Recent Comments

  • Silvia GARCIA

    Que tristeza! me has sacado lágrimas! Crecimos con esa idea magnifica que una sopa de pollo te puede curar. Mi esposo también me curo una vez con una sopa, que aunque era de calabaza, tuvo el mérito de levantarme de la cama.

    • Maria Fernanda Salvador

      Sobre todo las sopitas hechas con amor, muchas gracias por el comentario!

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